Dos Ciudades

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dos ciudades – Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

Nuestras actitudes revelan el estado de nuestra alma a los que nos observan o tratan más personalmente. De acuerdo con los psicólogos, los hombres tienen una disposición crónica que es o positiva o negativa. Yo pienso que esto no es permanente necesariamente. Creo que Jesús sí cambia actitudes. Lo que no cambia es un temperamento que sí puede tener tendencias negativas. El negativismo es una actitud pesimista que solamente puede ser cambiada por la fe en las promesas y principios de la Palabra de Dios. Este mes tengo una historia para hacernos reflexionar.

Otro Cuento de Dos Ciudades

Habíase una vez, hace mucho tiempo y muy lejos de aquí, un país llamado Cristolandia. En medio de este país, al lado de un río cristalino, había dos ciudades muy diferentes, no tanto físicamente sino por lo que uno sentía desde que entraba por la puerta principal. Se palpaba en el ambiente, se notaba en las miradas de la gente y se comunicaba en el tono de voz. Todo viajero comentaba sobre este impacto.

Cualquiera notaba que ambas ciudades estaban situadas en el mismo valle con las mismas condiciones geográficas y climáticas, pero en una ciudad había una impresión de malestar y en la otra todo lo contrario. Por más que uno buscara una razón material para explicar ese fenómeno, no la encontraba. Ambas ciudades estaban en el camino a la Ciduad Celestial, de modo que todo el mundo pasaba por allí y todos caían en la cuenta de esa diferencia.

Una ciudad se llamaba “Amargura”. Cada ciudadano tenía mil quejas, historias y acusaciones que contar a un pobre transeúnte que se paraba para descansar o tomar un refrigerio. En verdad, si fuera cierto lo que contaban, habían sufrido mucho de sus conciudadanos. El caminante oía la misma historia vez tras vez, cada vez un poco peor, y se preguntaba si no crecía la amargura en esa tierra.

Notaba también la repetición de estas frases: “Nunca podría perdonarlo…” “Nunca olvidaré…” “Otros tienen mucho más que yo…” Después de pasar un rato en esa ciudad, el viajero se sentía enfermo. Parecía que la comida le caía mal al estómago. Procuraba salir de ella tan pronto como podía. Se cansaba de oír tanta amargura por cosas sucedidas hace años contadas como si fuese ayer. Al salir de la puerta, empezaba a sentirse mejor.

Luego llegaba a la segunda ciudad llamada “Contentamiento”. Desde la entrada el caminante notaba la diferencia. Por toda la calle principal había sonrisas, saludos amigables y ofrecimiento de hospedaje. El viajero no podía resistir tal invitación y pronto se hallaba sentado a la mesa de un ciudadano escuchando sus palabras amenas. Contaba todas las bendiciones que había recibido. Alababa al Rey del país por su buen trato siempre con todos.

Tratando de entender esa diferencia el extraño preguntaba por qué no tenían problemas en esa ciudad. La respuesta sorprendente fue: “Oh, sí hemos tenido problemas – años de poca cosecha, otros de inundaciones, ataques de enemigos, traiciones y bofetadas de conciudadanos, pero siempre nos ha ayudado el Señor a aguantarlo y olvidarlo. Hemos aprendido a contentarnos con lo que tenemos con tal que nuestro Rey nos siga ayudando.”

Casi nadie quería abandonar esa ciudad. Cada ciudadano tenía historias tan bonitas de la gracia de su Rey. Nunca se oían quejas de los días malos. ¡Qué delicia era pasar tiempo con ellos! Pero al fin uno tenía que seguir su camino y con muchos abrazos y besos se despedía de aquella gente contenta. Por días después se saboreaba el contentamiento.

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Estas dos ciudades se encuentran hoy día entre nosotros. Ojalá que hoy te toque pasar por “Contentamiento”. Te aconsejo dar la vuelta de “Amargura”. No es nada atractiva y no pierdes nada si sigues tu camino.

A propósito, ¿cómo se llama tu ciudad, amigo?

Abrazos. Samuel