Los que Dudan

Recursos Gratuitos para el Discipulado: Seguimiento y Capacitación

ayudar a los que dudan – Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

Pablo escribió, “Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, ANIMÉIS A LOS DESALENTADOS, SOSTENGÁIS A LOS DÉBILES y SEÁIS PACIENTES CON TODOS” (I Tes. 5:14). Es mucho más fácil hacer amonestaciones que animar y sostener y ser pacientes con los que están pasando por tiempos difíciles. Debemos ayudar a estos miembros del mismo Cuerpo porque lo que afecta a uno llega a afectar a todos los miembros y el Cuerpo sufre.

De todos los problemas que nos tocan sufrir en la vida cristiana, las dudas son de los peores y la persona que está pasando por ellas es la que menos ayuda recibe. Primeramente porque cuando las sufre tiene pena confesarlas y así van en aumento. En segundo lugar, cuando por fin se anima a buscar ayuda, puede ser rechazada como un leproso por muchos o tomada como “problemático” por otros. Y así siguen aumentando esos vapores insanos de la mente que ahogan paulatinamente la pequeña flama de la fe. ¿Cuántos amigos hemos visto pasar por ese triste camino?

Leí un libro de un “ateo-agnóstico”, hijo de padres misioneros, que describe en forma de novela lo que pudo haber sido su experiencia. Creo que nos ayudaría a entender a esas personas y así ayudarles mejor si escucháramos un breve resumen del proceso:

Al principio sólo se escuchan algunos pensamientos con dudas sutiles:

¿Quién fue la esposa de Caín? (¿y la de Set?)
¿Podría uno llamado “amigo de Dios” casarse con su hermana, mentir, tener sexo y un hijo con una esclava?
¿Por qué dice Marcos que había un solo ángel y Lucas dice que había dos en el sepulcro vacío de Jesús?
¿Por qué hay tanta matanza de inocentes mandadas por Dios?
(¿Quién no ha tenido esas mismas preguntas? Dijo un sabio filósofo, “El que no haya dudado no ha pensado todavía.”)

Luego vienen preguntas más venenosas:

¿Es Dios bueno si hace el infierno para los incrédulos?
¿Fue bueno no permitir el perdón sin la muerte de Jesús?
¿Es justo que Dios haya escogido a sólo un pueblo?
Si es el Padre de todos, ¿no debería un padre salvar a todos sus hijos?
Y quizás la más peligrosa, ¿Amas a Dios de veras? ¿Cómo lo sabes?

Por fin sucede lo que a todos les sucede: “La noche oscura del alma” (San Juan de la Cruz) cuando no sientes a Dios para nada, no hay palabras, sólo silencio. Antes podíamos callar las dudas con “pero le siento”. Ahora ni aquella señal para apoyar la pequeña fe que todavía existe. Luego suelen venir los golpes más duros y ¿dónde está Dios? La muerte de un ser querido, la violencia, la injusticia, la traición, accidentes terribles, etc. Y no hay respuesta. Las dudas se arraigan. ¿Qué si lo imaginábamos todo? ¿Que si todo es puro mito hecho por hombres tratando de contestar las preguntas incontestables? ¿Qué si es sólo el deseo humano que crea una “realidad irreal” para satisfacer sus anhelos?

Se leen libros “prohibidos” y se encuentra que muchísimos han pensado lo mismo y que han abandonado como “supersticiones religiosas” las ideas de la Biblia para sólo creer “los hechos fríos y las realidades secas” de la verdadera ciencia comprobable. De allí en adelante la “nueva tierra prometida” es de la negación y el rechazo de todo lo que no se puede comprobar científicamente.

Bueno, creo que es suficiente para ver que todos podemos identificarnos con algunas de estas fases. Tal vez fuimos ayudado por un consejero sabio o un libro a encontrar algunas respuestas o explicaciones, o por lo menos a archivar las dudas para más estudio después. Pero muchos han oído palabras muy dañinas como “El necio ha dicho en su corazón que no hay Dios, así que Ud. es muy necio.” O, “El que duda está condenado”. O tal vez una palabra simplista como “No sé por qué piensas en cosas que te entristecen tanto. ¿Por qué no piensas positivamente?” Quizás tú hayas escuchado cosas así (¡o las has dicho a una alma dudosa!).

Hay que alentar, animar, sostener, sobrellevar con paciencia a los que están agobiados por dudas.

He aquí algunas ideas que pueden ayudarnos a ayudar a otros:

  • 1. Identificarnos con ellos. Admitir que hemos tenido dudas, probablemente algunas de las mismas o hasta “peores”. El que duda piensa que ha cometido el pecado imperdonable, muchas veces. Es un gran alivio encontrar que otros hayan pensado igual y sobrevivieron.
  • 2. Tomar en serio su duda. Es, de hecho, una cosa seria. Pero no es una enfermedad fatal del alma. Tomás dudó porque era “demasiado bueno para creer” hasta que él mismo lo comprobara. La tradición eclesiástica afirma que este dudoso fundó la iglesia cristiana que lleva su nombre en el sur de la India.
  • 3. Estudiar con el que duda los hechos, el contexto, pasajes paralelos y cualquier dato que tenga que ver con sus preguntas. Pedir a Dios juntos algunas pistas que ayudarán a resolverlas. Pero no inmediatamente, sino con estudios particulares y consejos de otros que han estudiado la Biblia por más tiempo. Sugerir respuestas posibles es mejor que afirmar dogmáticamente una solución personal.
  • 4. “Archivar” las que no podemos contestar para un estudio a largo plazo mientras seguimos leyendo la Biblia para conocer mejor a Dios. Esto no satisface a algunos pero sí ayuda a otros a seguir buscando y no abandonar la carrera sólo porque no se contesta algo ahorita. Este paso es una gran lección en la vida cristiana: aprender a esperar pacientemente a Dios. El tiene Su tiempo para todo, incluso el tiempo de no recibir respuestas como de recibirlas, de sentirle cerca como de no sentir nada.
  • 5. Reconocer de dónde vienen estas preguntas (Gén. 3:1-6). El diablo empieza con preguntas que causan dudas pero llega a sus mentiras cuando dice absolutamente lo contrario a lo que dice Dios. Es una gran ayuda reconocer de dónde viene esa clase de pensamientos y usar armas espirituales para defendernos y atacarle al diablo en sus puntos blandos (II Cor. 10:3,4; Ef. 6:10-18).

Lo que me anima a escribir estos pensamientos es el hecho de no haber podido ayudar a algunos que pasaban por la neblina de la duda cuando han perdido su orientación y se sentían tan solos. Ojalá que yo hubiera sido más fiel y capaz para cuidar de sus almas. Yo no tengo todas las respuestas. Nadie las tiene. Pero tengamos la humildad y la paciencia para extender la mano de ayuda a los que, queriendo creer, están dudano. Más bien, démosles el abrazo de uno que sí entiende su dilema.

Que Dios nos ayude a servir a todos Sus hijos amados.

Abrazos. Samuel