Sal y Luz

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sal y luz – Samuel Clark

Queridos amigos del Camino:

Cuando Jesús dijo a Pedro y a Andrés “Venid en pos de Mí y os haré pescadores de hombres” nosotros deberíamos sentirnos incluidos en esa invitación. Algunos me dirán, “Ah, pero esa invitación era para los que iban a ser apóstoles. Yo soy nada más un ama de casa… un empleado… una secretaria… un obrero… etc.” Amigos, estos eran dos pescadores, la gente más sencilla que había en esos días. Sí, es cierto que llegaron a ser apóstoles pero no lo eran en ese momento ni lo llegarían a ser hasta más tarde. Lo importante que debemos ver y creer es que ellos eran pescadores de hombres antes y después de ser nombrados apóstoles. Eran discípulos primero y el discípulo hace lo que ve hacer su maestro.

¿Qué vieron hacer el Señor? Hablar con uno (Nicodemo, la mujer samaritana, etc.), con grupos pequeños (en la casa de Mateo, de Lázaro, María y Marta, etc.) y con multitudes (al lado del mar o en el monte). Esto lo hicieron ellos. Pedro es un ejemplo: seguramente habló a individuos, grupos y multitudes, pero comenzó al hablar a uno solo. Allí tenemos que empezar. No con grupos ni mucho menos con multitudes.

¿Cómo ganamos la oportunidad, la puerta abierta, para compartir el Evangelio y pescar hombres? Esta es la pregunta que muchos tratan de contestar enseñando un método o proveyendo materiales atractivos e impactantes. Yo creo que es un error empezar por allí.

Tenemos que empezar con la vida del cristiano. Si no es una vida nutrida diariamente por la Palabra de Dios y fortalecida por la oración, ningún método ni material resultará. Si no estamos llenos de El, si no estamos empapados de Su mensaje, no va a salir nada bueno ni vivificante. El tiempo devocional es el primer paso de cada obra divina. Créanme. No hay atajos. El Señor dice, “Este es el camino, andad en él…”

En segundo lugar, es la vida que llevamos como discípulos de Cristo lo que atrae la gente a Jesús. Si El puede cambiar mi vida, si El puede transformar mi carácter duro, si El puede vivir en mí esa vida abundante, entonces la gente puede ver el Evangelio encarnado otra vez.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras acciones buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).

Pero primero tenemos que ser luz en un mundo oscuro y sal en la tierra de sin sabores para brillar y dar sabor. Sus vidas, donde están, es la clave del testimonio: en la tienda, la oficina, el vecindario o el trabajo. ¿Qué tan atractivas son nuestras vidas, amigos? ¿Quién quisiera tener lo que mostramos? Hay que anunciar nuestro “producto” para tener clientes. Creo que fue San Francisco de Asis quien dijo a sus monjes: “Tenemos que testificar a todo hombre de Cristo, y si es necesario, con palabras.”

Allí está el meollo del asunto. No podemos aprender a testificar con palabras solamente sino con hechos de amor, dando nuestra vida por otros como Cristo (1 Juan 3:16-18). Tenemos que ver la importancia de nuestra vida como plataforma para el testimonio verbal. Cuando ven algo tan real y verdadero como debería ser el discipulado cristiano, serán atraídos a El como las abejas a las flores.

Pablo dijo:

“Pero gracias a Dios, que en Cristo, siempre nos lleva en su triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento” (2 Cor. 2:14).

¿A qué hueles, amigo? El perfume espiritual es el olor a Cristo, Su semejanza, Su victoria, Su amor. Nuestra carne “apesta” a algo muerto y putrefacto (Gál. 5:18-21). El fruto del Espíritu huele a Cristo Jesús (Gál. 5:22-23). Sólo la cruz de Cristo puede matar las obras de la carne para librar el olor fragante del Señor por Su Espíritu que habita en nosotros (Rom. 8:13).

Qué bueno fuera si todo esto fuese automático al recibir a Cristo, pero es una decisión basada en la devoción creada cuando pasamos tiempo con El, aprendiendo quién es El para nosotros y qué quiere El que hagamos. Luego poniendo en práctica esa luz no andamos más en tinieblas. Andamos en luz con El y nuestra vida se transforma.

Algunos “peces” están listos ya para ser pescados por alguien con valor y fe. Otros requieren a un pescador paciente que esté dispuesto a vivir y luego hablar como amigo. Dios guía a Sus pescadores más adecuados para cada pez individual.

Esto es lo que necesitamos aprender si hemos de ser buenos pescadores de hombres. Algunos pescarán con caña, otros con redes, otros con otros medios, según sus dones y capacidades…pero todos los que siguen al Señor Jesús deberían de resultar “pescadores”.

¿Quiénes están en el Reino de Dios porque tú has vivido cerca de ellos, hecho su amistad, servido a veces, amado siempre y hablado de Cristo? Es relativamente fácil enseñar a hablar el Evangelio. Cristo quiere enseñarnos a vivirlo y compartirlo como hacía el Apóstol Juan: “Lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y en verdad nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo” (1 Juan 1:3,4).

Abrazos, Samuel